Andrés Aguirre/ Historias de como no se vive más.

Nadie tenía un extintor a mano.

Apretaba el limón picado por la mitad, el jugo corrió hasta caer en un vaso plástico.

Andrés estudiaba tercer año de administración en una universidad privada, era medio sabandija pero entre todo era buena gente. No era un santo, pero tampoco era una plasta, le había robado la novia a Gabriel, su mejor amigo, pero eran vainas de la sociedad, el quería salir con alguien, ella se la pasaba haciéndole ojitos y cuando Gabriel le escribió un mail desde Ámsterdam describiéndole una mamada que le echó una prostituta rumana en el baño de una discoteca, el hizo un balance y Gabriel salió rodando.

Ana se había ido a Vail de vacaciones, así que se encontraba sólo pero sin ganas de ligar, además todas las otras chicas del grupo le hicieron la cruz después de lo que le había hecho a Gabriel. En cuanto a Gabriel, el ya había olvidado la cosa, la prima de Ana, Sofía Sierra había querido salir con él, así que no pasó de allí, a la semana ya tenía otra novia que estaba más buena y tenía más dinero.

El vaso de plástico había recibido su buena dosis de alcohol así como quien lo sostenía y se lo pegaba de la boca a cada rato.

Estaba borracho pero no demasiado como para creerse invencible. Tomó su celular que también era una cámara digital  mediocre y una computadora miniatura, llamó al número Mamá.

–hola mamá, mamá estoy un poco tomado y me voy a echar una dormida en el carro y después arranco para la casa.

Colgó el celular y empezó a caminar desde la casa a la calle solitaria en dónde se encontraba el auto, eran las cuatro y media de la mañana y hacía frío. Abrió el auto, se metió por la puerta del copiloto.

La borrachera no le permitía pensar bien, un efecto narcótico se había apoderado de sus sentidos, todo era más lento, como pasado por agua caliente. Bajó los seguros y se dio cuenta de que desde ese puesto no podría encender el auto. Se pasó al asiento del conductor y la calle solitaria se llenó del leve sonido de del motor de su auto nuevo.

Los pistones subían y bajaban dentro de la cámara, una y otra vez, el gas del escape del motor se metía lentamente por las rendijas mínimas de la casi perfecta manufactura francesa del auto.

A las 5 de la mañana Gabriel salió corriendo tras haber escuchado una fuerte explosión en la calle de afuera de su casa, en donde era la fiesta que minutos antes había abandonado Andrés. La pintura nueva del auto reflejaba las llamas que ascendían en el fondo claroscuro del día que estaba despertando.

Las llamas giraban unas con otras enroscándose como dedos de bruja. La fiesta entera salió a ver que sucedía, las mujeres borrachas pero atemorizadas lloraban balbuceantes y los hombres sacaban sus celulares a la velocidad del rayo para llamar a emergencias en lugar de tomar un extintor para sofocar las llamas.

Los gritos de mujeres jóvenes se mezclaban con las explosiones tenues que alimentaban el fuego del auto, para cuando llegaron los bomberos el auto se había calcinado casi por completo. Adentro, recostado de la ventana yacía un esqueleto que conservaba parte de un brazo lleno de carne chamuscada.

Todos los plásticos achicharrados del auto emanaban un olor terrible que causaban náuseas aún a los experimentados bomberos.

Todos con cara de trasnocho, Gabriel sabía desde que salió lo que le sucedió a Andrés, lo había visto tambalearse hasta su auto, sentía una terrible culpa, a pesar de que nadie hubiese podido hacer nada.

Gabriel abrió su teléfono norikson y llamó a casa de Andrés.

–       “señora Ana, disculpe la hora. ¿Andrés está durmiendo allá?

–       No, ¿por?

–       Entonces creo que le ha ocurrido algo muy malo. Y rompió en llanto con la garganta rota y llena de flema.

Dos días después las experticias revelaron que ese de hecho era el cuerpo de Andrés, quién había sido asfixiado hasta morir por el monóxido de carbono del motor de su auto, había muerto sin dolor, pero al momento en que murió su cuerpo sin vida hizo peso sobre el pedal del acelerador y llevó a la máquina al borde del recalentamiento, causando que el motor explotase, por consiguiente explotase el tanque de gasolina, calcinando el cuerpo.

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